Septiembre en Chiapas

Septiembre en Chiapas

miércoles, 2 de octubre de 2013

La obligación de informar en democracia: Zoé Robledo



ZOÉ ROBLEDO*


Desde una perspectiva digamos teórica o académica, la democracia es una forma de gobierno que se relaciona con la emisión de votos que definen la designación de gobernantes y representantes en el poder legislativo. Para que se llame verdaderamente democracia debe haber el derecho al voto universal, es decir todo ciudadano que la ley reconoce puede votar y ser votado; debe ser equitativo, donde un voto tiene el mismo peso específico que otro; y libre, lo que implica que el voto se emite por los dictados de la conciencia y voluntad de cada individuo y por nadie ni nada más. Los procesos electorales deben darse adicionalmente en tiempos definidos y repetirse sin excepción.

El modelo de democracia que surge de este proceso es de naturaleza representativa, en donde los gobernantes y representantes electos son depositarios de los mejores intereses de los ciudadanos y tiene entre otros propósitos, dar cauce a las discrepancias al interior de una sociedad a términos aceptados por todos.

El reto de toda sociedad está en cómo desarrollar más y mejores procedimientos electorales que puedan servir para identificar y reconocer las preferencias sociales sin perder eficacia ni legitimidad. Resulta no sólo deseable sino indispensable que cada vez se desarrollen más recursos para la participación política de los ciudadanos, más allá de las elecciones. De esta manera, los resultados no sólo serán democráticos en su origen o procedimiento sino democráticos en su parte sustantiva al otorgar un mayor peso específico a las decisiones tomadas de esta manera.

Por eso, ha sido una insistente demanda, particularmente de los representantes de la izquierda en México, crear mecanismos políticos como el plebiscito o la consulta ciudadana para que precisamente los ciudadanos puedan emitir mandatos claros a sus gobernantes y representantes. Con mecanismos de esta naturaleza es posible ratificar o cambiar las decisiones de las autoridades en asuntos específicos sin tener que esperar tres ó seis años para rotar a nuestros representantes designados.

En este sentido, además de ser mecanismos de participación política, el referéndum o el plebiscito son mecanismos de evaluación ciudadana, valiosos en sí mismos, si consideramos a la democracia no sólo un régimen jurídico, sino una forma de vida, tal y como lo establece nuestra Constitución.

En esos términos, es importante que las instancias de gobierno y de representatividad deban rendir cuentas. Cuentas claras, a través de los múltiples medios hoy al alcance de gran parte de los ciudadanos. Informes por escrito, documentos, reportes en internet, difusión de trabajos a través de las redes sociales, sin olvidar el contacto directo con los ciudadanos, todo con la sobriedad y seriedad republicana que el propio acto de rendir cuentas encarna.

Sin embargo, nuestra legislación electoral a partir de 2007, al limitar la exposición pública de funcionarios, gobernantes y legisladores, ha generado incentivos no deseados que fomentan la notoriedad aunque sea de corta duración, más que la transparencia y responsabilidad a la que se aspiraba en un primer momento. La libertad de expresión se ha vuelto el velo en el que se envuelve cualquier acto político que involucre la exposición pública de las ideas e incluso los informes gubernamentales y legislativos se han alejado de su esencia, para dar paso en muchas ocasiones a verdaderos actos de propaganda, importando poco si se está o no construyendo una sociedad más libre, más justa y más próspera desde el puesto público que se ocupa.

Informar y rendir cuentas forma parte de la acción misma de gobernar, informar bien es una obligación de un buen gobierno. Es más, la transparencia es parte obligatoria de todo buen gobierno. La información debe ser clara, abierta, suficiente y comprobable.

Bienvenida la transparencia y la rendición de cuentas que fortalece, desde cualquier punto de vista, a la democracia. Bienvenido el trabajo eficaz y oportuno que merece ser dado a conocer a los ciudadanos.

Bienvenida también la superación de las prácticas políticas de antaño: el paso de la política de aclamaciones construidas de manera artificial y de las concentraciones gravosas. La evolución política en México debe continuar para bien de todos.



*El autor es senador por Chiapas,  del Grupo Parlamentario del PRD.

jueves, 26 de septiembre de 2013

La nación toma la palabra






Cuando se escucha a los ciudadanos se toman buenas decisiones. En Chiapas lo sabemos bien. El 14 de septiembre de 1824 los chiapanecos de entonces hicieron valer su voluntad mayoritaria y, a través de un plebiscito, decidieron libremente ser mexicanos. Eran momentos complejos, pero estoy cierto que haber consultado a los ciudadanos fue la mejor forma de tomar una decisión histórica; valorando el sentimiento y la inteligencia colectiva.

La referencia cabe cuando se discuten distintas propuestas de reforma energética. El tema es de trascendencia nacional, pues no solo toca fibras sensibles del nacionalismo para los mexicanos, sino que de ellas depende ampliar las bases para nuestro desarrollo, elementos comunes a los que estaban en juego en Chiapas hace 189 años.

México se encuentra ante diversas propuestas para maximizar los beneficios que obtiene de su industria petrolera. Al reto de decidir sobre las propuestas de transformación se suma hoy un nuevo desafío: con qué método lo vamos a decidir.
           
Elegir el método no debe verse como un desafío técnico sino como un problema democrático y los problemas de la democracia solo se resuelven con más democracia.

La reforma energética encierra muchos aspectos en los que, sin duda, los expertos podrán aportar elementos de detalle, pero la gran decisión es fundamentalmente política, de prospectiva, de futuro, por lo que atañe a todos los mexicanos.

No puede sustituirse la voz y el mandato del pueblo de México por la opinión de media centena de especialistas, por destacados que sean. El petróleo, se nos ha dicho históricamente, es de los mexicanos y por tanto deben ser los mexicanos quienes hablen, a quienes se escuche, quienes se expresen en torno a lo que quieren y esperan de uno de sus principales recursos naturales.

Podrá decirse que el pueblo de México está representado por los diputados y senadores. Es cierto. Pero la misma Constitución, en su artículo 35, ya otorga el derecho a los ciudadanos de participar en las decisiones públicas en los temas de trascendencia nacional. Las consultas ciudadanas son ya parte de nuestros derechos. ¿Qué tema más trascendente hay actualmente en la agenda pública que la reforma energética

La mejor solución para el debate y la polarización que la reforma energética refleja es una consulta ciudadana, por ser una respuesta democrática. Adicionalmente una consulta nos ayudaría a solventar una disyuntiva inocultable. La opinión pública sobre la participación de mayor inversión privada en Pemex va en un sentido: no aceptarla. Así lo demuestra un avasallador número de encuestas durante los últimos diez años. Mientras que las mayorías legislativas que se pueden construir en el Congreso, como la suma del PRI y el PAN, van en sentido opuesto, es decir, abrir a más capital privado nuestra industria petrolera. La opinión pública frente a la representación popular se encuentra dividida.

Esta consulta debe además realizarse a la brevedad, no sólo por ser una práctica democrática, sino también para dar certidumbre a las inversiones que se pretende atraer. Si hoy se hace una reforma y se acuerda realizar una consulta en fecha próxima, digamos en 2015, no habrá una sola empresa que se sienta segura de invertir, ya que las reglas de hoy podrán revertirse mañana.

Quienes descalifican este ejercicio o señalan a los mexicanos como incompetentes para tomar esta decisión, dejan translucir su esencia antidemocrática y su desprecio a los ciudadanos pues, parafraseando a Benjamín Constant, asumen que éstos solo son sabios e infalibles cuando elijen a sus representantes para un momento después caer en la ceguera y la ignorancia.

En estas páginas un legislador ha expresado que al convocar el Poder Legislativo a foros de debate en torno al tema energético, y abiertas las puertas del Senado, "la nación tiene la palabra". Un propósito loable al que por desgracia no se le ha dado contenido.

Si queremos que la nación tenga la palabra habrá que recordar que son las elecciones y las consultas ciudadanas los mecanismos constitucionales con que cuenta el pueblo para transferir sus mandatos. Organizar foros y consultar expertos es una tarea útil, necesaria pero sería un error aceptar ese mecanismo como sinónimo de la voluntad popular.

México ha cambiado a pesar de las resistencias. Hoy están abiertas nuevas puertas a la participación y a la decisión colectiva.

Que nadie tema a la decisión de los mexicanos.

Que la nación tome la palabra. Que se consulte a sus ciudadanos.

El autor es senador del PRD por Chiapas