Los méritos humanos no se heredan. Por eso mismo puedo hablar libremente del
Maestro Edgar Robledo. Puedo hablar sin temor a caer en lo que los chiapanecos
conocemos como “saludar con sombrero ajeno” o, lo que no es menos malo, saludar
con el sombrero del pariente.
Don Edgar nos enseñó a conocer a Chiapas y
a los Chiapanecos. Fue un defensor
ardiente y entusiasta de la mexicanidad de nuestro estado, del orgullo
correspondiente y de los grandes ejemplos que tenemos en nuestros diversos
pasados. Su mejor rasgo es el de transmitir sus conocimientos de manera
sencilla y frecuentemente cautivadora. El maestro Edgar llevó el pizarrón a las
páginas de sus libros y cuando se le lee, se tiene la impresión de que él se
angustia en su tarea de enseñar.
Su formación académica fue formalmente
modesta. Sin embargo, sus obras escritas
hablan de un personaje que se nutrió de las lecturas en grados impresionantes.
Aprendió el oficio de enseñar y sus alumnos todavía andan por ahí, ejerciendo
el trabajo de pensar y frecuentemente de superar académicamente a su maestro;
tal como fue siempre la pretensión de don Edgar: crear mejores chiapanecos, en
todos los sentidos, sin preocuparse de quiénes fueran los destinatarios de su
aspiración.
Don Edgar nos conduce, a través de su
herencia educativa, por la geografía, la historia y la cultura de Chiapas. Lo hace de manera entusiasta y comprometida
con la verdad histórica y con la moralidad que debe tener todo ciudadano. Su
trabajo es un ejercicio de historia y de civismo, bajo el marco de una empresa
educativa social e incluyente. Al
respecto, el Dr. Enoch Cancino Casahonda, en referencia al libro Valor y
gloria, nos indica:
Muchas biografías existen y existirán sobre “el
héroe de la palabra libre”, pero ésta tiene la particularidad de estar escrita
bajo la óptica de un maestro rural, que, como él mismo lo advierte en la
introducción, usa un lenguaje claro y sencillo, para que puedan entenderlo los
niños, los obreros, los campesinos, y de esta manera llegue a su pleno
conocimiento y comprensión el significado de la vida ejemplar del doctor
Belisario Domínguez, el héroe civil más grande que ha dado México
Don Edgar escribió un libro lleno de
ternura sobre el mártir chiapaneco. Pero también nos llevó, en una verdadera
tarea de pionero, a adentrarnos en el conocimiento sobre las culturas de los
coterráneos en diversos puntos de nuestra geografía. Nos muestra algo de la
poesía nacida entre nuestros antepasados prehispánicos y el protagonismo de
decenas de chiapanecos en la creación artística, política, educativa y
científica. Don Edgar hace un
reconocimiento a los maestros rurales que llevaron la libertad convertida en
pizarrines y cartillas para enseñar el alfabeto que es el pie de cría de la
cultura universal en todos sus niveles.
La educación en Chiapas, contra lo que a
veces se supone, ha sido un ejercicio de pasión libertaria. Lejos de las frases
pontificales o de la pedagogías teóricas, los maestros chiapanecos, en términos
generales, convirtieron las grandes propuestas humanísticas en acciones
sencillas, pero visibles y trascendentes. Con frecuencia, rompiendo las
barreras lingüísticas tan difíciles de taladrar por nuestra complicada
geografía. Muchas veces, enseñando nociones elementales, en un escenario
desfavorable, con escuelas de paja, de ramas o, sencillamente, al aire libre
por necesidad. A veces llegaban a sus comunidades después de transitar por el
lodo que cubría buena parte del cuerpo o del polvo que también desfiguraba los
rostros y minaba muchos entusiasmos.
Otras veces bajo el rechazo frontal de los
caciques o de otros actores sociales que concebían la educación como la amenaza
más poderosa en contra de sus intereses individuales o de pequeños grupos. Don
Edgar rinde homenaje a los profesores que practicaban, a veces muy temerosos,
el menester de la todología. El maestro partero, el maestro vacunador, el
maestro notario público, el maestro como auxiliar de los comisariados
ejidales... el garante de la moral y, con frecuencia, el “pedidor”
designado. En fin, el maestro que hacía
de todo en todas partes y que, a lo largo del tiempo, consolidó prestigios que,
afortunadamente en muchos casos, todavía permanecen.
Al reconocer las tareas de los maestros,
seguramente don Edgar lo hizo documentándose en su propia trayectoria. Lo hizo con base en sus recuerdos y en su
visión humanista directa de la educación en Chiapas.
Su obra escrita, en muchos de sus planos, sustenta
una verdadera innovación pedagógica. Es
una pedagogía de los verdaderos maestros para los oprimidos. La educación
requiere de técnicas de enseñanza, pero más que todo del compromiso. Es un
quehacer humanista por excelencia.
El 15 de mayo celebramos el Día del
Maestro. Celebramos la educación y a los educadores. Don Edgar tiene un lugar y
seguramente hoy celebraría la fecha con un ramillete de recuerdos, de
preocupaciones, de historias de vida y de materiales éticos para el futuro.
* El autor es Senador por Chiapas por el PRD.
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